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domingo, 26 de febrero de 2012

Buscando sentido a través de los sentidos

Estudiantes de grado 11º mientras escuchan
el audio de la obra de teatro La chica que quería ser Dios
“[…]Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. […]Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo. ¡Así sabía escuchar Momo!
Momo
Michael Ende

Porque escuchar es lenguaje y es arte. Porque el arte también se escucha.

Publicado por Laura Giraldo García

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La Amoladora, una invasión de maestras.

En una alejada vereda del municipio de Belmira, Antioquia, con un muy particular nombre, La Amoladora, se encuentra ubicado el Centro Educativo Rural Francisco Carvajal Builes. Para llegar hasta allí hay que recorrer una carretera destapada. En carro, el recorrido puede tardar veinte minutos y caminando depende mucho del ritmo del viajante, en el caso de los personajes de la historia que viene a continuación, el recorrido tarda alrededor de una hora y media.

Pues bien, hacia ese escondido y pequeño lugar se disponían a viajar tres curiosas maestras de lengua castellana, quienes llevan algún tiempo tratando de mirar qué pasa, qué ocurre, desde diversas perspectivas, en aquellas escuelas ubicadas en sectores rurales. De esta manera y siendo las cinco de la mañana, emprendieron su viaje con la ilusión y la esperanza de quienes están comenzando a vivir nuevos caminos y nuevas experiencias en la vida.

Una vez en la escuela, después de varias horas de viaje y en medio de un clima frío pero acogedor, los niños, las maestras, los vecinos, las gallinas, los pollos, las vacas y los perros, todos parte de una misma comunidad y de un mismo sector, les dieron una cordial bienvenida, reflejando, en sus rostros, esa pregunta y esa curiosidad por saber quiénes eran esas profesoras que habían llegado, sin más ni más, a hacer parte de la escuela por unas horas, a robarse la atención de la mayoría de estudiantes y a romper, por un ratico, con la tediosa y a la vez necesaria, rutina.  


Comenzando entonces la jornada escolar, las maestras reunieron a los niños que habían asistido a estudiar aquella mañana del martes ocho de noviembre, con la intención de integrarse con ellos, de jugar y de mitigar, sólo un poco, el frío tan propio de la región antioqueña en que se encontraban.
Así pues, entre risas y un poco de algarabía, las maestras lograron presentarse y dar a conocer el por qué de aquella esperada visita. Una, la que cuenta con más experiencia, lo hizo a través del canto y del baile, otra, aquella que tiene el don de estar con los niños, entenderlos y escucharlos, lo hizo a través del juego y de la música, y la otra, la más joven y tímida frente a los niños, se presentó a través de sus palabras sin otorgarle mucha emoción a ese primer encuentro con los participantes de esta historia.

Siguiendo con la agenda del día, cada una de aquellas invasoras, de aquellas maestras, asumió, con algunos grupos de la escuela, ese papel de maestra que tantas dudas, seguridades, preguntas, miedos y alegrías le ha causado.


Así pues, mientras la profesora del don especial con los niños los ponía a volar su imaginación con un cuento titulado "Choco encuentra una mamá" en donde hay jirafas, osos, pingüinos, morsas y un hermoso pájaro amarillo, la maestra más tímida, llevó a sus niños hacia la época de navidad para encontrarse con una niña muy pobre conocida como “La vendedora de fósforos” quien, a través de la luz de sus cerillas, es capaz de ver todo lo que quiere y desea: comida, regalos, árboles de navidad, estrellas y, lo más hermoso, a su difunta abuelita. Entre tanto, la maestra de más experiencia dedicaba sus horas de visita a la observación de lo que, en ese día, en ese momento, estaba ocurriendo, algo, un tanto, fuera de lo normal.

Un tanto no, muy fuera de la normal, pues aunque los cuentos que aquellas invasoras compartían con sus estudiantes fueron diferentes, hubo algo que las mantuvo conectadas, tanto a ellas como a los niños, y se trataba, nada más y nada menos, que de los personajes de los cuentos leídos; se convirtieron ellos, a manera de títeres, en los nuevos entrometidos a las aulas de la pequeña escuela. Ya no eran, entonces, sólo las maestras quienes invadían la escuela, sino que jirafas, pingüinos, estrellas, niñas, abuelitas, pájaros y morsas también hacían parte de esa particular mañana. 


Sin embargo, la jornada debía transcurrir y los personajes de los cuentos debían volver a su lugar, pero…no, esto no fue posible, puesto que fueron los estudiantes quienes hicieron, a través de su creatividad, que estos personajes tomaran vida, así que no había lugar más adecuado para darles refugio que sus propias maletas, de útiles y de sueños.

Pero las maestras invasoras no se iban aún, ni para un cuento ni para una maleta, ellas seguían siendo parte de la escuela, seguían preguntando y observando: la del don especial lo hacía desde los primeros pasos de lectura y escritura en los más pequeños estudiantes, la más tímida lo hacía desde el arte y su función de éste en la escuela, y la otra, la de más experiencia, leía y miraba el cotidiano trabajo en la llamada Escuela Nueva. Ellas seguían tejiendo, en sus cabecitas, tal vez, sus ideas sobre el ser y el hacer como maestras, seguían, quizás, cuestionando y reflexionando sobre esas míticas y, al mismo tiempo, reales escuelas rurales.

Y en medio de todos esos sentimientos que a cada una de ellas les sugirió esta planeada invasión, llegaba la hora de comenzar a despedirse de la escuela, de los niños y de las maestras que las acogieron, que les dieron la bienvenida y las invitaron, con cortesía y sencillez, a regresar a ese pedacito de cielo.

Las maestras invasoras debían retornar a sus labores  y, para ello, debían tomar ese camino empedrado de La Amoladora por el cual habían llegado. Entre los pasos y los paisajes que acompañaban este viaje, iban dejando atrás un lugar cargado de historias y de sueños, y la maestra más tímida, iba con el silencio y la nostalgia que implica cualquier partir pero con la esperanza y las ganas de poder regresar.

Por: Laura María Giraldo García

domingo, 25 de septiembre de 2011

Entre los actos de la dramaturgia y del teatro (Entre los paisajes y las paredes de San Isidro)

"Mira mis ojos, se encuentran rojizos y lagrimosos,
 pues están cansados de resistir radiantes soles 
y frías noches enteras"
Daniela Taborda Taborda.[1]

Que sea este frío domingo de septiembre, la oportunidad perfecta para comenzar a escribir y a recordar el encuentro vivido con los estudiantes de décimo de la Institución Educativa San Isidro; un encuentro cargado de múltiples voces, lecturas, palabras, un poco de música e inesperadas imágenes.
Así pues, me encontraba una vez más entre esos hermosos paisajes del norte antioqueño, en medio de una carretera que, esta vez, no fue tan impactante, y con mi mente dispuesta ya en la institución y en lo que sería el resto de esta imborrable jornada.

Volver a estar con el grado 10º era, para mí, un reto y un compromiso personal, pues quería compartir nuevamente con aquellos estudiantes, quienes me dieron la bienvenida en mi primera visita a San Isidro, y a quienes, quizá, no les entregué todo lo que podía haberles ofrecido.

Fue, entonces, con la dramaturgia y con el teatro, dos temas que se juntan y que me apasionan, con lo que decidí compartir con los estudiantes esta vez; digo compartir con ellos, porque no eran temáticas nuevas ni ajenas. Como me contaron al comienzo de la clase, ya habían realizado una obra de teatro y hasta escrito un monólogo, hace un par de años.

William Shakespeare
Con esta conversación inicial sobre lo que conocían y sabían de teatro, con mi presentación y el porqué de mi visita, comenzamos a profundizar en el tema y qué mejor manera de hacerlo, que con un breve recorrido por la historia de la dramaturgia, con unos cuantos artistas, desde los más clásicos de la cultura griega, hasta llegar a nuestros contemporáneos y colombianos dramaturgos. Fue así como Sófocles, Moliere, Shakespeare, Lorca, Enrique Buenaventura y otros tantos, estuvieron con nosotros durante estas horas de clase. Nos acercamos, también, a algunas de sus obras y a lo que significa realizar una lectura dramática, la cual es, de manera simple, una lectura grupal, colectiva y creativa, en donde se escuchan diversas voces y el encanto de ceder la palabra a otro, un otro que bien puede ser un compañero o el profesor.

De esta manera, una vez finalizada la lectura sobre los dramaturgos con sus respectivas obras, dimos paso a la distinción entre ese extraño término que es dramaturgia y el sentido de teatro, dejando claras algunas características de ellos y en qué momentos hacíamos uso de cada uno. Para ejemplificarlo, entonces, les presenté dos textos dramáticos; el primero fue una obra que escribí hace un par de semestres para el curso de Teatro (mal llamado, por cierto), la cual titulé La muñeca de Sonia y fue muy bonito sentir sus caras de asombro al decirles que la obra era de mi autoría; la leyeron con mucho ánimo, se notaron activos y despiertos con la actividad, siguiendo, claramente, la idea de la lectura dramática. El segundo ejemplo que les compartí fue un fragmento de un texto dramático titulado Háblame como la lluvia y déjame escucharte del autor estadounidense Tennessee Williams, en donde, pese a existir dos personajes, es uno quien lleva la voz gran parte del tiempo, esto con el fin de ilustrar la idea del monólogo, un ejercicio que realizarían posteriormente. Les dejo aquí un pedacito de la puesta en escena de la obra, es decir, del teatro, del arte de la acción (a propósito de lo abordado en la clase):



Y llegando ya al final de la clase, dimos paso al temeroso y trágico momento de la escritura del monólogo, el cual iba acompañado de fotografías de afrodescendientes y de música realizada por ellos. La idea central de este momento era que los estudiantes se arriesgaran a la escritura de un texto dramático, teniendo en cuenta las sugerencias anteriormente dadas y los ejemplos que acabábamos de leer, motivados por las imágenes y el sonido de algunos personajes sin nombre, sin cuerpo, sin un lugar en el mundo, pero sí con un rostro al que tenían la posibilidad de otorgarle todo eso que le faltaba; era un momento, en últimas, para pensar un poco en aquellos en los que, rara vez, nos atrevemos a pensar.

Dibujo realizado por Jorge Ramírez
Y así, entre negativas para realizar la actividad sugerida, entre silencios, muchos silencios (a pesar de que durante toda la clase sus voces fueron primordiales), y entre aquellos jóvenes que sí se arriesgaron a escribir y a darle vida a ese rostro negro, junto con aquél quien, en lugar de escribir, decidió regalarle una ilustración a La muñeca de Sonia, fue culminando la clase de español de los estudiantes de grado 10º de la Institución Educativa Rural San Isidro. Fue este espacio, entonces, un encuentro que permitió escucharnos, leer, escribir (aunque fuera poco) y hasta dibujar, nos permitió aprender y reflexionar. Todos fuimos, finalmente, los actores principales de esta obra.  

Se iba acercando, ahora, el momento de compartir todo esto con los estudiantes de 11º (otra historia, otra experiencia habitada, también, por muchos silencios) y el momento de retornar a la ciudad, hacia donde iba cargada de un sinfín de sensaciones, de preguntas, de ideas… y con el ánimo de no olvidar esta historia de la cual es sólo el comienzo.

[1] Fragmento de Ten piedad de mítexto dramático escrito por la estudiante Daniela Taborda Taborda, del grado 10º de la Institución Educativa Rural San Isidro

Publicado por: Laura Giraldo García.