En el año 2000 ingresé como estudiante a la Escuela Normal Superior Pedro Justo Berrio de Santa Rosa de Osos, a pesar de tener solo 11 años estaba decidida a ser maestra. Con el tiempo esta vocación se fue reafirmando al punto de que cuando comencé mis prácticas pedagógicas en el año 2004, mientras cursaba el grado décimo me sentía muy segura de mi futura profesión, estar en contacto con los niños, diseñar material didáctico y profundizar en teorías pedagógicas me enriqueció a nivel conceptual.
En el año 2005 mientras todos mis compañeros pensaban en presentarse a la universidad yo estaba decidida a hacer el ciclo complementario y las prácticas en la escuela María Auxiliadora me llenaban de responsabilidad y valor pues nunca había tenido a cargo un grupo fuera de la Normal y a las dos compañeras con las que practicaba no les gustaba la pedagogía. Todo hubiese seguido así de no ser porque en el mes de septiembre nos dijeron que debíamos cambiar de grupo y escuela, pasar de un quinto a un primero no sonaba muy interesante pero allí nos necesitaban pues se habían evidenciado algunas dificultades en los niños y con nuestras prácticas depronto se podían superar.
Con nostalgia y algo de expectativa se hizo la despedida a los niños y nos fuimos a la nueva escuela. En la primera actividad solo se hizo la bienvenida y todo parecía muy normal.
En nuestra anterior escuela por lo general las actividades de lengua castellana surgían como estrategias para entretener los niños, por ejemplo cuando no teníamos más que hacer les pedíamos que escribieran un cuento o una poesía.
En una primera sesión de clase en nuestra nueva escuela la profesora escribía en el tablero y los niños pasaban en el cuaderno mecánicamente, nos limitaba a las practicantes a controlar la disciplina y no nos permitía ni hablar, cuando salimos yo traté de manifestarle que queríamos intervenir con actividades en el grupo y nunca olvidaré su respuesta “ustedes no tienen nada que hacer aquí, yo nunca he necesitado practicantes”. Ante esta respuesta fuimos a rectoría para tratar de hablar con la coordinadora de la escuela y con nuestra coordinadora de prácticas, quienes nos contaron que los niños de primero de esta nueva escuela de la cual por respeto a la institución me abstengo de mencionar el nombre, no sabían leer y escribir una sola palabra.
Ese día yo lloraba en la oficina de dirección con rabia y tristeza porque era injusto que estos niños hubiesen perdido todo un año, no podían perder el año porque legalmente no era permitido, entonces nuestra labor fue enseñarles a leer y escribir en dos meses, dos meses en los que faltamos mucho al colegio pues la prioridad era atender a estos niños, dos meses en los cuales todos los días hacíamos material, íbamos a la escuela y seguíamos viendo cómo esta profesora seguía a cargo del grupo.
Fue muy lindo ver como mis compañeras que nunca se involucraban en el trabajo con los otros niños, en este grupo estaban totalmente comprometidas.
En octubre nos preguntó durante una clase la coordinadora de prácticas “Quienes van a entrar al ciclo” yo no levante la mano y ella me preguntó “¿Alexandra vos?”, yo bajé la cabeza y le dije que no a lo cual ella respondió “me lo imaginé”, nunca entendí porque me dijo eso, supongo que fue porque sabía la experiencia en la escuela. La verdad tenía miedo, miedo de no saber enseñar, de hacer lo mismo que la profesora de mis niños, ahora no era unos niños cualquiera de una escuela x, eran mis niños y me daba mucho temor fracasar en la labor que había elegido.
Sabiendo que mi vocación estaba relacionada con el trabajo con personas, me presenté a la universidad a trabajo social, aunque me gustaba no era realmente lo que quería pero pasé a Educación Flexible y estaba dispuesta a iniciar.
En enero del 2006, cuando ya se habían matriculado desde diciembre todos los estudiantes del Ciclo de Complementario, mientras iba por una calle escuché que una niña gritó “Profe”, como no reconocer esa voz si era Valeria, una de mis niñas de aquel primero. Esa niña con esa palabra me cambio la vida, me ayudó a aceptar el reto de ser profe.
Mi mamá sabía todo lo sucedido y había estado durante diciembre tratando de que yo comprendiera que no tenía que ocurrirme lo mismo que a la otra profesora y que debía enfrentar este reto pero había sido imposible hacerme reflexionar, Valeria con una palabra me hizo pensar que valía la pena ser profe. La saludé y me fui al colegio sin hablar con mi familia, hablé con la rectora y le conté mi caso, le pedí que me diera la oportunidad de matricularme de forma extemporánea y ella aceptó.
En ese entonces el Ciclo Complementario era por énfasis y tenía las opciones de Lengua Castellana y matemáticas, me inscribí en la primera todavía con cierto temor pues Lengua Castellana implicaba enseñar a leer y escribir, dos cosas que me gustan mucho pero que había conocido la dificultad al enseñarlas. El ciclo complementario fue una experiencia motivante en la cual mi proyecto enfocado hacia la lectura y la producción escrita con base en la narración de historias, desarrollado en la escuela del corregimiento de Hoyorrico en Santa Rosa de Osos me ayudó a reconocer cómo la literatura nos permite conocer mundos inimaginados y despertar múltiples sensaciones que solo las palabras hacen posibles.
Culminé exitosamente en el año 2007, año en el cual me presenté de Universidad de Antioquia, pero esta vez a Licenciatura en Educación Básica con énfasis en Lengua Castellana de la cual actualmente curso octavo semestre. La razón principal por la que elegí seguir en éste énfasis fue la literatura, miré varias opciones y pensum pero no había otra universidad en la cual la literatura tuviese tanta importancia, lamentablemente en el programa cada vez desaparece más.
Durante los semestres que llevo en la universidad solo he tenido un acercamiento con una institución educativa, en la cual se desarrolló una micropráctica enfocada hacia la comprensión de textos de acuerdo con los tipos de preguntas, de esta micropráctica y de mi actual trabajo me quedó la inquietud acerca de cómo se desarrolla la comprensión en los estudiantes.
Desde hace un poco más de dos años trabajo como facilitadora virtual en el Cibercolegio UCN, institución con grandes fortalezas pero en la cual he identificado que muchos estudiantes no comprenden bien lo que leen, es por esto que desde mi práctica me gustaría aportar un poco hacia la solución de dicha dificultad.
Alexandra Monsalve
Qué bueno poder conocer esta faceta de vida, Alexandra, de tu autobiografía. Sin duda tienes alma de maestra, una vocación que se comenzó a forjar en los primeros años de tu vida y que, a pesar de "las puertas que se cerraron", pudiste abrirlas y recuperar eso que querías. Gracias por compartir esta experiencia.
ResponderEliminarSiento estas palabras llenas de sabores, de olores, de colores, de sonidos, de... sensaciones. No todo es brillante, ni sabroso, ni pulcro... es vida, es un camino para forjar y para recorrer. Es una vivencia que te enseña y que nos enseña, es un "hacerte maestra" y es bello.
ResponderEliminarAdelante, ya has creado mucho, queda el disfrute de seguir construyendo.
Sandra Céspedes.